VIDA EN BERLIN - Blog-

Berlín fue un café.

         No hablo de esos cafés en donde la gente se sienta. Hablo de esos cafés que se toman, negros como el alma en sus pozos. 

No de los cafés esos que hacen de Buenos Aires tan Buenos Aires (aunque de a poquito vayan desapareciendo). No. Un café. Real. La taza que lo alberga y el negro que lo delata. ¨Schwarz wie meine Seele.¨ Negro como mi alma. Así se pide el café en Berlin. Porque el alma muchas veces aquí es negra, oscura, profunda como el océano mismo.

      Desde esa oscuridad muchas veces me pregunto: ¿para qué hacemos arte?  Sin la pelotudez del ¨para cambiar el mundo¨, algunas de las respuestas (que en las noches de insomnio junto a un café negro como mi alma vagabundean) son las siguientes: Hacemos arte para revelarnos a nosotros mismos. Hacemos arte para acompañar a aquél que sufre, tender la mano. Hacemos arte para poder sobrellevar nuestros propios traumas y temores. Hacemos arte para que nuestra sensibilidad no nos devore por dentro.

        Bien. Todo esto está bien. Pero ¿podemos utilizar acaso el arte como un presagio? ¿Es nuestro arte una forma de decir cuidado, o de vivir el futuro antes de que él mismo nos toque la puerta pegándonos un mazazo en la cabeza? 

         Escribí una obra que se llamaba ALEMANIA,  conocí al finalizarla a una chica alemana, cuatro años después terminé mudándome sin pensarlo a Berlin. Escribí una obra a mis 19 que hablaba de un Señor M. empresario que dominaba todo el territorio de la antigua Buenos Aires. Un mundo donde la política ya no existía sino que todo era regido bajo los valores de la libre empresa. Cuando escribía un unipersonal (que alguna bendita vez haré o será la postergación eterna) imaginaba que el padre del protagonista (un bruto alter-ego de mí mismo) moría de cáncer. Meses después a mi padre le diagnosticaron un cáncer, del cual por suerte se salvó. Todavía recuerdo cómo me asusté pensando que las palabras que había escrito habían enfermado a mi padre. El sello de Hipnosis, Enredaderas, Desastres era el café que llevaban en la mano varios de sus protagonistas. Durante estos dos años en Berlin esa fue la foto más repetida, la gente en las calles llevando tazas de café en la mano. 

          Solo digo todo esto porque quizás el arte abra un canal más poderoso aún de lo que pensamos, un ejército de vibración que aún no sabemos codificar, que aún no sabemos cómo emplear. Pero también porque tengo miedo de escribir, tengo miedo de que esa capacidad del arte sea real. 

         ¿Será el arte simplemente una forma de adelantarnos a la realidad? ¿Será el arte un momento antes de la realidad? ¿Alguien tiene alguna idea que pueda ofrecer?

         Berlin fue un café. Todo lo que sucedió aquí en estos dos años cabe en un café. Como la magdalena de Proust encierra todo el pasado atesorado. Como el arte puede encerrar todo el futuro por venir. 

             En esos cinco minutos que tarda tomar un café pueden vivir años. Hay que confiar más en los cafés pues. Y pedirlos negros.

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