VIDA EN BERLIN -blog-

El ritmo constante del silencio.

Últimamente viene rondando algo por mi cabeza. Cada día se hace más evidente. Crucial. Los procesos artísticos, como el amor, no pueden apurarse. No deberían apurarse, en el mejor de los casos. El proceso orgánico, como el de un ser vivo (y la obra no es otra cosa que un ser vivo) es hoy más que nunca para el hecho artístico algo crucial. Un acto subversivo. Un acto de resistencia. RILKE, el maravilloso poeta y pensador, dice ¨No busques ahora las respuestas que no se te pueden dar porque no podrías vivirlas¨.En un acto similar, el hecho artístico que se presiona encontrará su forma, pero no será su forma. Será la forma de otro hecho artístico. Una forma prestada, una forma artificial. Y es a esto a lo que debemos huir en un mundo de formas prestadas. De palabras digeridas. De experiencias robadas. En una obra apresurada muchos de los componentes estarán incómodos, amontonados todos en un mismo rincón, en vez de encontrar su cause lentamente, pausadamente, a ritmo claro pero sereno. Sin correspondencia, sin coherencia (de la buena, de la necesaria, de la que aglutina como el huevo o el engrudo) el contenido y la forma no serán pareja para baile sino espectador viendo bailar. No se trata de ser vago, no. Se trata de ser constante pero no apurarse. Si regamos mucho ahogamos, si no regamos matamos. La clave está en estar. En permanecer en silencio junto a las obras, como el que espera en silencio a que el convaleciente en el hospital despierte. Y va al baño sin hacer ruido. Y observa esperanzado junto a la luz tenue de un velador. Si la obra quiere nacer lo hará, más tarde que temprano. Orgánicamente crecerá. En nosotros. En el aire. En el papel. Sobre el escenario. Si le echamos mucho de entrada (mucho de nosotros, mucho de nuestras exigencias, mucho de nuestro fuego) lo arrebataremos como a un asado. Esperar, al ritmo constante del silencio, es el camino subversivo del artista.   


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